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Hopenhagen, cumbre de esperanza– Gonzalo del Castillo

diciembre 17, 2009

COPENHAGUE.- Copenhague está llena de vida en estos días. Un crisol de razas y culturas, muchas de ellas representadas por sus más típicos referentes en términos de vestimentas y modismos, recorren las calles de una ciudad helada por su temperatura, pero cálida y  efervescente por su increíble grado de movilización social.

Ese crisol de razas, en el que prácticamente no hay región ni país que no aporte su particularidad, atiborra no sólo las calles de la ciudad, sino también, y principalmente, los pasillos y salas del Bella Center, el centro de convenciones en donde se está celebrando la 15° Conferencia de las Partes sobre Cambio Climático (COP 15). Oficialmente, los participantes acreditados a esta conferencia – por muchos calificada como la más importante desde fines de la 2da Guerra Mundial – superan, entre oficiales y observadores, los 30.000. Los medios de prensa incrementan en un 10% el número.

Es necesario sumar también a los miles de participantes y activistas ambientales que, en clara oposición a los procesos tradicionales de negociación, y con una impronta más progresista, han llegado hasta aquí para asistir al Klima Forum: evento alternativo que busca otorgar un espacio institucional organizado a las posiciones contrarias a los mencionados procesos de negociación y que pretende, a su vez, erigirse en polo de presión en pos de resultados positivos de esta costosa apuesta del gobierno danés. Los costos económicos y políticos de un fracaso en las negociaciones atemorizan a un gobierno que busca instituirse (y en muchos casos ya lo ha hecho) como referente obligado a la hora de pensar la sostenibilidad y la lucha contra el calentamiento global.

Sea como fuere, y más allá de los temores daneses, la COP 15 ya es un hito histórico. Lo cierto es que hace tiempo que el problema ambiental ha dejado de ser privativo de técnicos y especialistas. Y aunque a muchos les tome tiempo entenderlo, cegados como están en intrincadas discusiones de números y politiquerías, tarde o temprano comprenderán que sin un ambiente sano, no habrá medida macroeconómica ni escaramuza política que pueda promover el crecimiento económico o el desarrollo social en tierras desérticas, ni obtener agua allí donde las altas cumbres heladas dejen de existir, ni encontrar las sustancias que permitan desarrollar curas a las peores enfermedades, allí donde selvas, bosques y arrecifes se conviertan en bellezas del pasado.

Y es por eso que, más allá de sus resultados concretos, la COP 15 grabará a fuego su lugar en la historia, marcando un hito como símbolo y punto de inflexión en la agenda política internacional. Hoy, los Estados y sus máximos referentes han tomado este tema como prioridad global, lo que abre la puerta a futuros procesos de negociación que, lucidez mediante, podrían desembocar en soluciones verdaderas, y no sólo en más compromisos agónicos y legalmente no vinculantes.

En el transcurso de esta semana, transitarán por Copenhague más de 60 jefes de Estado, entre ellos, Obama, Brown, Sarkozy y hasta nuestra antes reticente Presidente, Cristina Fernández. Sin lugar a dudas, la premura de un planeta que nos grita la necesidad de un cambio profundo en nuestro modo de vida nos obliga a mirar críticamente nuestro pasado, pensar racionalmente nuestro presente y, a partir de allí, iniciar la construcción de un futuro basado en principios éticos o, cuanto menos, racionales. Al parecer, el mensaje ha tenido acuse de recibo en los más altos niveles gubernamentales.

Es francamente difícil reducir a escasos caracteres la magnitud de este acontecimiento histórico que ejemplifica, en su complejo desarrollo,  lo mejor y lo peor de nuestra sociedad global. Saber que se está negociando con la vida y con el futuro, y observar que los patrones para valorar esas discusiones siguen siendo económicos y mezquinamente políticos, genera, en los más de mil jóvenes que estamos presentes en Dinamarca y que habremos de heredar escombros de lo que un día fue, escozor y vergüenza. Por otra parte, ver la solidez ética y fortaleza moral de un país como Tuvalu, para muchos inubicable en un mapa, o la de un continente relegado como África, ambos condenados como están por los efectos del calentamiento global, exigiendo a las mayores economías del mundo asumir sus compromisos de reducción de CO2, fortalece el compromiso de todos y las esperanzas en un mundo orientado hacia un desarrollo humano integral: social, ambiental y económico, y definitivamente más justo.

El camino comienza a aclararse. En el 8° día de las negociaciones, un ambiente cargado de euforia y alegría invadía el recinto de la COP. En un hecho sin precedentes, el G77 + China brindó su apoyo a la postura africana, dificultando aún más las evasiones técnicas de los países desarrollados que, atónitos, sólo buscan retrasar mediante burocráticos procedimientos estatutarios un cambio que, aunque tarde, llegará inexorablemente.

En pocos días, se sabrá cuáles han de ser las condiciones del nuevo pacto ambiental global. Entretanto, el Mundo entero fija su mirada en lo que podría convertirse en la primera excusa de fraternidad y hermanamiento entre todos los hombres, los estados, las culturas y, sobre todo, en una reconciliación tan postergada como antigua: la del hombre con la naturaleza.

En estos días hay mucho en juego para la humanidad, para nuestra evolución como seres racionales y para la vida misma en la Tierra. Hace escasos minutos, Rajendra Pachauri (Presidente del IPCC) habló ante un plenario repleto de jóvenes. En una simple frase, resumió la esencia del 15° COP: “todo, finalmente, es una cuestión de esperanza”.

Visto de este modo, Copenhague asusta de tanta esperanza.

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